Arcabuz

Sustituto de la escopeta, el arcabuz era un arma de fuego manual, que no obstante su sencillez mecánica y su complicado manejo, revolucionó el arte de la guerra a principios del XVI, fabricándose hasta inicios del XVIII como arma de guerra.

Detalle del tapiz nº3 de la serie de la batalla de Pavía. Podemos ver en primer plano dos arcabuceros. El de la izquierda sostiene su arma con cañón de metal [latón, aleación de bronce] y el de la diestra con cañón de hierro. Se puede apreciar claramente en el caso de la izquierda como el cañón estaba compuesto de diferentes tramos - no se labraba a partir de una sola masa de hierro. La llave que lleva la mecha a la cazoleta del arma es muy elemental, y su muelle, externo.

Detalle de Los triunfos de Carlos V, tercer triunfo, asalto de Roma. Podemos ver que el arcabuz caído a los pies de los muros es mucho más corto que los representados en el tapiz precedente de la batalla de Pavía. El extremo de la baqueta que asoma de la caja baho la boca del cañón se aprecia perfectamente. La coz tiene forma de "cola de pez".

Arcabuces y mosquetes eran eminentemente armas idénticas, la diferencia radicaba en la distintas dimensiones, siendo más o menos proporcionales a su calibre, si bien el mosquete, debía ser empleado por su enorme peso, con una horquilla.

El calibre del arcabuz, medido en el peso de la bala, solía ser de una onza y media, onza, tres cuartos de onza - o 12 adarmes - cinco ochavas - 5/8 de onza [1] o 10 adarmes -  e incluso 1/2 onza - o 4 ochavas - siendo más comunes los calibres de 1 onza o 3/4 de onza, y considerándose onza y media prácticamente un calibre de mosquete.

Ilustración detallando las secciones de cuatro piezas, dos mosquetes, de onza y media y dos onzas de calibre, y dos arcabuces, de una onza y tres cuartos de onza, según obra de Cristóbal Lechuga [Discurso del capitan Cristoual Lechuga, en que trata de la artilleria, y de todo lo necessario a ella, 1611, p.71]. La sección circular menor corresponde al diámetro de la bala, la sección circular mayor corresponde al diámetro interno del cañón del arma. La sección "ochavada" menor corresponde al perímetro exterior del cañón en su boca, y la sección ochavada mayor corresponde al perímetro del cañón en su culata. La imagen es a tamaño original; el libro impreso ofrece escala 1:1, así, que salvo deformación por pantalla del ordenador, esta es la sección de un arma de la época.

1 onza = 1/16 libra castellana = 28.75 gramos.

1 bala de plomo de 1 y ½ onza de peso tendría 19.4 mm de diámetro.
1 bala de plomo de 1 onza de peso tendría 17 mm de diámetro.
1 bala de plomo de ¾ de onza de peso tendría 15.4 mm de diámetro.



La longitud del cañón era de entre unos cuatro y cinco palmos de vara castellana [80 - 100cm] y pesaba unas 10 o 12 libras [4-5 kgs]. La pared del cañón tenía un espesor variable, siendo en la boca una tercera parte más o menos, del grosor que tenía en la culata [o recámara] esto es, donde se producía la explosión de la pólvora, y por tanto, donde debía estar más reforzado. La sección exterior del cañón solía ser en muchas ocasiones octogonal [ochavada] lo que indica que los maestros armeros desconocían realmente como actuaban las fuerzas ejercidas por la ignición de la pólvora, pues una sección circular trabaja asumiendo la tensión de manera uniforme.

La caja del arcabuz – el fuste y lo que hoy denominamos culata, entonces "mocho" o "coz" – se debía hacer de madera noble: preferentemente cerezo, o nogal en su defecto, siendo esta última más pesada. El álamo blanco, aunque se usaba, no se recomendaba por no tener la calidad del cerezo.

Arcabucero español durante el ataque a la Goleta. 4º Tápiz de la serie de Vermeyen sobre la conquista de Túnez [1535]. La coz del arcabuz tenía formas variadas, en este caso, cepillada con un acabado de caras planas. En general, la forma respondía a modas, y lo importante era que se pudiera afirmar bien al hombro y a la cara para poder apuntar bien y efectuar el disparo de manera que "la coz", el golpe que se padecía en el retroceso, no fuera muy fuerte. La longitud de la coz debía ser proporcional a las medidas del tirador; probablemente, el arcabucero debía conformarse en primera instancia con el arma que se le suministrase. 
Arcabuceros con petronel, un arcabuz de culata curvada que fue popular en la segunda mitad del XVI en el norte de Europa, en un grabado de Franz Hogenberg. En este caso, al ser la coz curva, y no recta, no se podía afirmar al hombro. En este caso, parece que la moda se impuso a la sensatez. 

La pelota [bala] debía entrar sobradamente por el cañón, pues entre el diámetro de la bala y el del cañón había una diferencia – a favor de este último claro – que se denominaba viento. Este viento era – según Lechuga – de entre 18 y 26 partes del diámetro de la bala.

Esta holgura permitía que la pelota, pese a las irregularidades propias del interior del cañón – en una época en que la forja estaba en continuo proceso de mejora – penetrara sin excesiva dificultad, atacada – empujada hasta la recámara – con la ayuda de una baqueta o atacador.

Por contra, esta holgura posibilitaba que una parte de los gases producidos por la explosión de la pólvora no actuasen sobre la pelota, perdiéndose parte de su empuje. En piezas de artillería, se solventaba este problema conformando un taco a base de paja atacada, pero en arcabuces y mosquetes se podía resolver el problema usando un taco, si bien muchos tratados del XVI no refieren ese paso en el proceso de carga del arma.

Al menos en el siglo XVII se usaron tacos embreados dando casi total estanqueidad al conjunto, incluso se recomendaba un doble taco: taco sobre la pólvora, y taco sobre la bala.

En todo caso, con taco o sin él, la pólvora debía "atacarse", debía dársele dos o tres golpes con la baqueta para comprimirla, y después de introducir la bala, también debía a golpe de baqueta empujarse ésta hasta que estuviera en contacto con la carga de pólvora.

Alonso Martínez de Espinar - en un tratado de caza, Arte de Ballestería y Montería - recomendaba el uso de taco de soga vieja, soga fabricada con esparto.

Ofrezco, en todo caso, el testimonio de Fernando Tamariz de la Escalera, capitán de caballos corazas, que dio a la imprenta un "Tratado de la caza del vuelo" en 1654. En este caso, el taco era imprescindible, puesto que la munición para la caza era "grano" - hoy diríamos "perdigón" - y no bala, pero es el más claro testimonio que he hallado hasta la fecha de cómo debía atacarse el arcabuz y porqué debía hacerse así:

Es muy importante cosa que sepa el principiante que las más veces que un arcabuz revienta suele ser por descuido de su dueño, como es el no saberle cargar, ó el no saberle atacar, ó no limpiarle cuando es menester: así digo, que el arcabuz se debe limpiar en pasando de una docena de tiros, porque es su mayor seguridad; y se ha de atacar con esparto majado, porque además de limpiar siempre que entra, aprieta lo bastante: hase de echar el taco en tal manera que vaya en forma de pelota, y de suerte que no cueste trabajo el llegarle abajo á asentar sobre la pólvora, ni tan holgado que no apriete con moderación lo que baste á perficionar la carga. Y por que es muy importante cosa el saber esto con fundamento, digo [...] que el taco no ha de ser apretado de suerte que cueste entrarlo á baquetazos, sino que vaya de tal manera que sin apremio asiente sobre la pólvora; y en llegando abajo se le ha de dar un golpe ó dos encima con la baqueta, por dos razones: la primera, porque el taco recio ocasiona á dar coz al arcabuz, y desiguala la puntería, como sale tan violenta porque Vim vi repeliere licet, junta una fuerza á otra, la mayor ha de sobrepujar, con que arroja la pólvora sin darla lugar á que se queme toda; y así por esta razón alcanza menos, aunque arranca tan recio, por la resistencia que halla en el taco fuerte. La segunda, siendo el taco no apretado con esta demasía, sale más bien la carga y quema mejor la pólvora, y por esa causa alcanza más y está más seguro el arcabuz de no reventar. Y advierto que cuando sucede estar un arcabuz cargado mucho tiempo no es seguro el dispararle por la unión que allí ha hecho la pólvora con el cañón por ser la calidad de el hierro húmeda, y el salitre también lo es, con que se une allí en la cámara por la razón de la consistencia, y va arriesgado á reventar ó á dar una coz, con que no se consigue la perfecta puntería; y así, es mejor sacar la carga con el sacatrapos, y más seguro. También es necesario saber que si algún taco, por descuido ó ignorancia, se quedase sin llegar á la carga de pólvora, de suerte que entre carga y taco cogiese aire, en este caso reventará el arcabuz infaliblemente; y así, se debe poner particular cuidado en que los tacos lleguen á la carga, porque así, se asegura, y se debe hacer. 

En el lateral derecho de la recámara, teníamos el oído, por donde se comunicaba el interior del cañón donde se alojaba la pólvora con el exterior. A continuación, se situaba la cazoleta o polvorín, como su nombre indica, un recipiente cóncavo donde se vertía la pólvora que iniciaba la ignición. Sobre esta cazoleta caía el extremo prendido de la cuerda [mecha] que era sostenida mediante una llave accionada por el disparador. La cazoleta debía ser "ancha y no muy larga, ni honda, que si hace mucha pólvora, son humosas y queman el rostro".

En este detalle de la Batalla de Pavía de Ruprecht  Heller, pintado en 1529, podemos ver los arcabuceros encamisados, uno atacando el cañón con su baqueta, y a su izquierda, otro efectuando el disparo. Efectivamente, los arcabuceros acabarían normalmente con quemaduras en el rostro. 

Como se ve en el esquema precedente, el mecanismo fijado a la pletina era sencillo: el disparador [T] accionaba el muelle real, que abatía la serpentina o serpentín [D] que sujetaba la mecha, llevando el cabo encendido a la cazoleta [P] que podía estar cubierta con la cubrecazoleta o "cobija" [B] que podía ser deslizante, o giratoria, como en este caso.

Como se puede ver en este detalla - es una selección de la ilustración que encabeza el artículo - inicialmente el mecanismo era externo a la caja. Con el paso del tiempo, el muelle y resto de piezas quedaron fijadas a una pletina, quedando protegido al hallarse alojado en la caja del arma, cuya madera había sido vaciada para permitir el encaste del conjunto. Sin duda esto protegería el mecanismo de recibir daños. Véase la entrada Escopeta/escopetero en este mismo blog, para ver sistemas manuales de ignición de la pólvora anteriores a la llave de mecha. 
Arcabucero durante la "Batalla en los pozos de Túnez", Cartón nº8 de la serie de Vermeyen sobre la conquista de Túnez.


No fue hasta la década de 1670 cuando la más moderna llave de pedernal – que no obstante se venía usando en pistolas y arcabuces de caballería desde mediados del XVI – sustituyó a la llave de mecha, más sencilla y económica, aunque de uso más farragoso [pues era necesario retirar y volver a colocar la cuerda en cada uso, por soslayar el riesgo de prender accidentalmente la pólvora mientras se cargaba el arma] y peligroso [pues se manejaba una mecha encendida que podía prender la pólvora que el arcabucero debía portar como parte de su dotación]. Finalmente, como digo, durante las décadas de 1670-1680, los viejos mosquetes de llave de mecha fueron siendo reemplazados por los más eficientes de llave de pedernal, aunque todavía a finales de siglo algunos ejércitos europeos tenían importantes arsenales de este modelo ya abandonado.

Durante el siglo XVI se implementa la cubrecazoleta o cobija: una pletina metálica deslizable situada sobre la cazoleta, que resguardaba la pólvora de ignición del viento y de los accidentes. En muchos textos aparece el nombre cazoleta para referirse a la cubrecazoleta, como el que sigue:
los soldados no se pudiesen aprovechar de sus arcabuces, porque á unos se les apagaron las mechas que llevaban encendidas , y á otros en descubriendo la cazoleta del fogón se les mojaba el polvorín
Luis del Mármol Carvajal, REBELIÓN Y CASTIGO DE LOS MORISCOS DE GRANADA.

El término polvorín era empleado para referirse tanto a la pólvora fina que se usaba para cebar la cazoleta, como al recipiente que la portaba.

Este sistema ya se conocía desde 1520, imprescindible para que las pistolas de caballería fueran efectivos, pero como tantos otros sistemas no se impusieron masivamente hasta tiempo después.


Punto y mira

Como en todas las artes que acaban convirtiéndose en ciencia, del arte de la balística, en esta época, se tenía un conocimiento más empírico que matemático, aún así, es evidente que los arcabuceros apuntaban y estimaban las distancias a las que se situaba su objetivo.

Esquema del disparo con arcabuz contenido en los "Dialogos militares: de la formacion, è informacion de personas, instrumentos, y cosas necessarias para el buen vso de la guerra", de Diego García de Palacio, impreso en 1583

La bala tiene una trayectoria recta - siguiendo el eje del cañón - que se mantiene durante una determinada distancia - denominada punto en blanco - hasta que esta, por efecto de la gravedad - y el rozamiento - empieza a declinar y a trazar una trayectoria descendente.

La mira era el elemento que más próximo al ojo nos permite junto al otro elemento situado más próximo a la boca del cañón apuntar el arma. Por contra, lo que hoy denominamos "punto de mira", entonces se denominaba punto a secas.

Arcabucero alemán en el Ataque a la Goleta, 4º tápiz de la serie de Vermeyen sobre la conquista de Túnez, llevando el ojo a la mira de su arcabuz. En una imagen de este mismo tapiz - ver más arriba - se puede ver otro arcabucero, español, con otro tipo de mira.
En un contrato de 15.000 arcabuces realizado en 1543, se determinaba al respecto que la mitad debía llevar miras de un tipo y la mitad de otro:

ítem que d los siete mil e quinientoss arcabuces a de hacer las miras Redondas sacadizas e altas que descubran bien el punto de delante e que sea mayor el punto según que se le ha dado por muestra e los otros siete mill quinientos an de ser largas las miras según el que queda en mi poder 
de muestra [...] 

Estas miras "sacadizas", también denominadas "postizas" en un contrato de mosquetes, eran, por lo tanto reemplazables, y podían tener unas dimensiones u otras, lo que permitiría regular la inclinación del disparo, sin llegar a la precisión y adaptabilidad de las más modernas alzas.



Alcance

Para un arma de proporción longitud-calibre de 19:1, Lechuga nos indica un alcance de punta en blanco [distancia recorrida en el eje del cañón antes de comenzar a descender] de 2500 diámetros. El alcance total sería de unas 10-12 veces esa punta en blanco.

Así, con un arcabuz de una onza de bala [17mm] tendríamos un alcance de punta en blanco de 42.5 metros. Mas la relación longitud-calibre de un arcabuz de una onza de bala sería de entre 50 y 60 a 1, con lo que en teoría, podría duplicarse o incluso triplicarse este alcance de punta en blanco, pero lo cierto es que en las piezas de artillería, la pólvora posteriormente a atacarse [prensarse mediante la acción de una "baqueta"] se formaba un taco con paja sobre la pólvora, y se podía hacer otro taco una vez puesta la bala cerrando el conjunto, con lo que los gases producidos por la explosión se aprovechaban más. En el caso de las armas portátiles de avancarga, este segundo paso de colocar el taco - tras el prensado de la pólvora, que no debía ser excesivo tampoco para que prendiera bien parece que a veces se obviaba.

Compense más o menos la mayor longitud relativa del arcabuz el menor aprovechamiento de la pólvora, tendríamos unos alcances de punta en blanco de unos 70-90 metros, y su alcance total sería muy superior, aunque los efectos irían descendiendo al restarse potencia por las fuerzas contrarias a su avance.

Martin de Eguiluz narraba de los mosquetes en 1592:
Alcanzan mucho, y matan a cuatrocientos pasos a un caballo.

Miguel Pérez de Ejea daba el dato que sigue en el año de 1632:
[800 pies es la distancia] donde empiezan a hacer efecto las bocas de fuego, entrando dentro [de] la jurisdicción y puntería de los mosquetes. [800 pies = 222 metros]

Sebastián de Medrano recogía el siguiente dato en 1700:
La primera máxima es que línea de la defensa no sea mayor que el alcance del mosquete de punto en blanco, que es mil pies geométricos.

O sea, 220 metros a principios de siglo y 270 metros de alcance de punto en blanco para un mosquete de finales del XVII.

1 pie geométrico = 1/3 de vara = 27.77mm.

Aunque las referencias son para mosquetes, y no para arcabuces, no creo andar muy errado si estimo el alcance de estos últimos en la mitad de sus hermanos mayores, en el rango de los 100-140 metros.


Pólvora, frascos, frasquillos y los doce apóstoles.

Se llevan generalmente dos tipos de pólvora alojada en otros tantos recipientes mayores, frasco y frasquillo: pólvora muy fina, que también recibe el nombre de polvorín para rellenar la cazoleta llevada en el frasquillo, y pólvora no tan refinada para la carga principal contenida en el frasco.

No obstante esta distinción, ambas pólvoras eran “finas”, en contraposición a la pólvora empleada en artillería, que no solía estar tan refinada [la pólvora se molía en un molino] y era de grano más grueso.

Cuanto más fina fuera la pólvora, mejor prendía y hacía su función: con pólvora fina, bastaba una carga de la mitad del peso de la bala, mientras con pólvora gruesa, eran necesarias las dos terceras partes de peso de la bala [como refieren Lechuga y Eguiluz en sus tratados].

En este detalle del tapiz nº3 de la serie sobre la batalla de Pavía podemos ver los accesorios que llevaban los cinco primeros arcabuceros de la escena. Al de la izquierda, que se halla atacando con la baqueta  el cañón de su arcabuz - un cañón de metal, aleación de bronce - le podemos ver las cargas en bandolera o doce apóstoles. A segundo por la izquierda, que sostiene un arcabuz con cañón de hierro, le podemos ver una bolsa colgada a la cintura, que llevaría las balas, mecha, elementos para encender el fuego, etc. Al segundo por la derecha le podemos ver un frasco en forma de cuerno para llevar la pólvora de carga de su arma.


Durante la defensa de Corón 1533-1534, el capitán general de la artillería, Luis Pizaño, daba tres libras [de quince onzas] de pólvora por mes a los 1.180 arcabuceros que defendían la plaza. Al final de la contienda, cuando en agosto la plaza fue socorrida por las galeras de Andrea Doria, asumiendo una onza consumida por disparo, las cuentas de consumo de pólvora determinan que los arcabuceros habían disparado 156.000 disparos.

Amén de este frasco de pólvora, se solían llevar unos frasquillos ["cargas"] con la carga exacta de pólvora que debía usarse [proporcionada a un medio del peso de la bala como hemos dicho] colgados de unas cuerdas en una bandolera cruzada sobre el pecho. Su número solía ser de doce cargas, y se les solía conocer como los doce apóstoles.

Al arcabucero de la izquierda, representado en uno de los tapices conmemorativos de la batalla de Pavía, le podemos ver en la espalda, colgados en bandolera, la mitad de las cargas conocidas como 12 apóstoles, con la pólvora dosificada. Los frascos tenían un muelle, de manera, que en teoría, se podía ajustar la cantidad de pólvora que se volcaba en el cañón, pero la maniobra era imprecisa. También en la primera imagen que ilustra este artículo se pueden apreciar dichas cargas de pólvora.

En la ilustración de estos arcabuceros del manual de De Gheyn [h.1608, grabado original sin colorear] podemos ver el frasco principal en forma de cuerno, la bolsa para llevar las balas, mecha prendida al cinto, y el fraquillo trapezoidal bajo la cuerda.

Había frascos redondos, trapezoidales, cuernos y con formas irregulares. Los arcabuceros representados en la batalla de Pavía que ilustran el comienzo de este artículo llevan dos cuernos con la pólvora.


La pólvora negra, compuesta de salitre, azufre y carbón [vegetal, preferentemente de sauce] producía una gran cantidad de humo, que acababa convirtiendo las zonas del campo de batalla donde había más acción en una zona cubierta por una niebla ácida, que irritaba gargantas y ojos, y limitaba la visión.

Para labrar cien libras de pólvora recogemos una fórmula adoptada el 9 de mayo de 1568 por la Artillería del Ejército de Flandes [recogida por el “Tratado de la Artillería y la Fortificación”, Cristóbal Lechuga]:

75 libras de salitre [nitrato potásico]
15 libras y 10 onzas de carbón
9 libras y 6 onzas de azufre

Vauban, en una fórmula 150 años posterior, da esta proporción

75 salpetre
12 ½ soufre
12 ½ charbon


Pelotas

Las balas eran de plomo y esféricas. Generalmente, como los calibres no solían ser uniformes ni mucho menos, junto con el arcabuz se entregaba una turquesa, molde a modo de tenaza para conformar las balas. A los soldados se les entregaba – salvo en expediciones de calado importante, donde se les podían entregar balas ya fundidas – plomo en pasta [o lingotes] que ellos mismos debían fundir en un recipiente, cogiendo con estas turquesas la cantidad justa, enfriándo rápidamente la bala en agua para abrir la tenaza, dejarla caer y coger otra cantidad de plomo para continuar fabricando balas.
Se recomendaba que se portasen 50 balas ya hechas, y por tanto, la cantidad equivalente de pólvora necesaria [la mitad en peso]. En ningún caso debía reclamarse a viva voz pólvora o balas durante la batalla en caso de quedarse sin, puesto alertaría al enemigo.
En una bolsa de cuero se llevarían estas balas, junto con cuerda, pedernal, eslabón y yesca, para prender la dicha cuerda o mecha.


Cuerda

La mecha o cuerda se hacía de lino o cáñamo, y se bañaba la totalidad en una solución de agua y salitre, dejándose secar. También se podía bañar el cabo [extremo] con pólvora disuelta en agua o aguardiente, dejándose secar y quedando las fibras impregnadas de pólvora, que había de ser muy fina [del polvorín con que se llenaba la cazoleta] de manera que fácilmente prendiera a la chispa dada.

Recuperación de la isla de San Cristóbal por Félix Castello, 1634. Podemos ver como el arcabucero del centro sujeta en su mano un trozo de cuerda, con los dos cabos entre los dedos de la mano. Podemos ver también los frascos.

Se consumía mucha cuerda [dependiendo del prensado de las fibras y de lo impregnadas que se encontrasen quemaba con mayor o menor rápidez]: las centinelas debían tener siempre su cuerda encendida, y cuando se caminaba por tierra que se sabía hostil, al menos uno de los arcabuceros de la fila debía llevar su cuerda encendida para pasar la mecha al resto de compañeros de la hilera.
Cuando el enemigo estaba próximo, todos debían llevar sus cuerdas encendidas, y caminar así, con los arcabuces con las cuerdas encendidas era símbolo de combate inminente.

Arcabuz perdido en la batalla de Pavía, con la mecha enrollada en su parte central.

Antes de la mecha, se usaba un trozo de hierro al rojo [2] u otro elemento incandescente.

Varias de las imágenes que ilustran este artículo, tanto de la batalla de Pavía como de la conquista de Túnez no muestran cuerda o mecha alguna prendida al serpentín de la llave; se usaba una yesca [en alguna ilustración se puede ver el humo que desprende] sujeta a las mandíbulas del serpentín, que se prendía, eso sí, con la mecha [3]. Con el tiempo, no obstante, se pasó a usar directamente la mecha.

Arcabucero alemán durante el ataque a la Goleta: ¿avivando la yesca prendida al serpentín, o quizá limpiando la cazoleta de restos de polvorín?
Arcabuceros alemanes durante el ataque a la Goleta, con la mecha enrollada en sus arcabuces.

La cuerda – como la pólvora y el plomo – aparece en los inventarios recogida en quintales [100 libras] aunque asumiendo que su peso sería poco, sería mucha longitud la que se consumiera.

De los pretrechos previstos [que no los realmente embarcados] para la empresa de Inglaterra, podemos establecer una relación proporcional:

Pólvora para la arcabucería y mosquetería: 6.000 quintales
Cuerda de arcabuz: 10.000 quintales
Plomo para balas de arcabuz y mosquete: 12.000 quintales

De la coincidente relación recogida en el "presupuesto" plomo-pólvora 2:1 con el teórico, hemos de entender que la proporción de cuerda es asimismo válida, siendo entonces de 5:3 cuerda-pólvora.
Según el francés Vaultier, el consumo de mecha estando de ronda en una muralla era de una libra por soldado al día, consumiéndose más rápidamente en la muralla que en el cuerpo de guardia, debido - deduzco - a la acción del viento. Una libra de mecha, tendría, al menos, unos 10 metros de longitud.


Reventones

Por los consejos de Tamariz respecto a cómo debía atacarse el arcabuz, vemos que podían reventar habiendo hueco entre la pólvora y la pelota, pero también reventaban por defectos de fábrica, sobretodo más de un siglo antes de que el capitán de caballos corazas escribiera su tratado.

El arcabuz - o el mosquete - debía ser probado con doble carga de pólvora del peso de la pelota, cuando en uso lo normal es que se cargara con entre una mitad o tres cuartos del peso de la bala. Además, la pólvora, para asegurarse que el armero no usaría alguna carga floja, debía ser suministrada por la corona, y debía hacerse la prueba bajo supervisión de un oficial real.

De dos pruebas que conocemos, vemos que reventaban entre el 6 y el 11% de las armas probadas, y que no se probaban todas, así que no sería infrecuente que armas defectuosas acabaran en manos de soldados que acabarían damnificados por la mala fábrica de los armeros.

Sobre este tema, véase un artículo sobre la fábrica de arcabuces y mosquetes

Notas

[1] El calibre, como vemos, se podía expresar en onzas, ochavas [1/8 de onza] o adarmes [1/16 de onza]

Así, un calibre de 12 adarmes = 3/4 de onza o 6 ochavas y un calibre de 10 adarmes = 5/8 de onza o 5 ochavas.

Cristóbal de Lechuga, que trata brevemente de las medidas y pesos de arcabuces y mosquetes, da las diferentes magnitudes en medida de Brescia [libras de 12 onzas]. Aunque desconozco la correspondencia, después de haber consultado algún título [“Proporcion de monedas, pesos, i medidas… “ de Antonio Bordazar] entiendo que no debía existir una diferencia enorme entre unas y otras libras, pero cabe tomar la equiparación por mi efectuada con cautela, y en toda ocasión a modo orientativo. Había libras de 320 gramos [como la de Nápoles] o de 460 gramos [como la de Castilla] pero la una era de 12 onzas a 26.66 gramos y la otra de 16 onzas a 28,75 gramos.

Antaño se usaba indistintamente el término “onza” para denominar cada parte en que se dividía tanto una libra [medida de peso] como un pie [medida de longitud]. En el segundo caso, que ahora nos ocupa, una “onza” se correspondería a lo que hoy día conocemos como una “pulgada”, esto es, un doceavo de pie. Puede verse el pitipie o escala gráfica al pie de la imagen.

[2] Recuerdo haber leído - no me viene ahora a la memoria donde, tal vez en la obra de Clonard - el término en castellano para este elemento de ignición.

En literatura en lengua inglesa se denomina "igniting iron". Véase un interesante artículo de Michael Trömmer, respecto a la posición del fogón u oído [touch hole] en los cañones.

[3] Véase artículo de Michael Trömmer, donde puede contemplarse muestras de cuerda conservadas en diversas colecciones, y apreciarse el grosor, forma y textura de la misma: Rarest Early Ammunition Accouterments: MATCHCORD/SLOW MATCH


Bibliografía

Apuntes históricos sobre la artillería española en la primera mitad del siglo XVI. Segunda parte
Sobre la fabricación de arcabuces y mosquetes, artículo de Ramiro Larrañaga publicado en Gladius, 1986


Artículo revisado, corregido y ampliado a febrero de 2016
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