La paga del soldado [Batalla de Pavía, 1525]

[...] la nécessité là où nous, nous trouvions par faute d'argent, de sorte que estions contraint de combattre le roy de France en son fort, ou prendre appoiutement ; car vostre armée ne se pouvoit plus sonstenir, et estions en danger de rompre, par faute d'argent
Carta del virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, al Emperador, en el campo delante de Pavía, a 25 de febrero de 1525


Recientemente he descrito someramente la batalla de Pavía y apuntaba a los problemas económicos del ejército imperial como uno de los principales desafíos a afrontar por parte de su jefatura.

Las restricciones económicas fueron siempre uno de los factores limitadores de la actividad bélica de la monarquía habsbúrguica. Los problemas de la hacienda regia no sólo se limitaban a conseguir el dinero, sino también a ponerlo allí donde era necesario. Para poner el dinero en Lombardía, había dos mecanismos: el uso de letras de cambio - normalmente pagaderas por mercaderes genoveses, o bien por agentes en Roma - o el transporte en moneda labrada desde el reino de Nápoles [por vía terrestre o marítima] o desde Barcelona [por vía marítima]. Dicho transporte era habitualmente inseguro, y en tiempo de guerra, demasiado arriesgado, así que se recurría normalmente a las letras de cambio pagaderas por mercaderes, que en muchos casos, eran asimismo financieros - prestamistas - de la corona [1].

El caso es que, aún disponiendo del dinero en caja, o teniendo la posibilidad de acceder al crédito, que el pagador del ejército en Italia pudiera hacer efectivo el pago a los soldados era harto complicado... y, en todo caso, a finales de 1524 y primeros de 1525 no se disponía de dinero.

El 19 de octubre de 1524, Caracciolo informaba al Emperador de que se debía al ejército la suma de 80.000 ducados. El duque de Milán había aportado entonces 14.000 ducados con los que se pagó parcialmente a la infantería. El rey de Inglaterra, aliado de Carlos en la pugna con el francés, había aportado 100.000 ducados, pero estos se hallaban en mano de sus agentes en Roma y los mismos se negaban a realizar transferencia alguna hasta recibir órdenes explícitas, probablemente, aguardando el resultado de las acciones bélicas.

El Emperador con su guadia de alabarderos junto a la mesa del contador - o del veedor - durante la revista de tropas en Barcelona para la empresa de Túnez [1535], segundo tapiz de la serie de Vermeyen. El infante sentaba plaza en los libros del sueldo, pero debía recibir su paga, su soldada, para ser considerado soldado. 

Para enero, a pesar de las aportaciones personales de Charles de Lannoy - virrey de Nápoles - que aporta su plata valorada en 8000 ducados para pagar a la caballería ligera, la situación se ha complicado notablemente con la llegada de miles de nuevos soldados alemanes de refuerzo.

Con la llegada de dicho socorro de lansquenetes organizado por el infante don Fernando, hermano de Carlos. el coste del ejército imperial se dispara, superando los 130.000 ducados por mes [2].


Infantes españoles aportan dinero para sostener el ejército

El día 15, el marqués de Pescara, ante las protestas de los soldados, determina imprescindible convencer a las tropas para que combatan sin paga hasta el 10 de febrero, y tener la oportunidad de acudir a socorrer Pavía. En primer lugar, hablará a los españoles, luego a los italianos, y si estos dan su consentimiento, a los alemanes.

Los españoles aplauden la arenga del marqués, y responden que están preparados para hacer lo que se les requiere, prometiendo vender caballos, capas y aún sus camisas para obtener dinero para vituallas o incluso para pagar a los que se niegan a marchar sin paga.

Prudencio de Sandoval detalla lo sucedido, como los soldados ofreciéndose de salir en campaña no solo sin paga, pero aun, que de lo que tuviesen, venderian hasta la camisa pora comer, y darían para dar paga v socorro á los tudescos. El que tuviese ciento;ochenta-; y el que diez,seis. Y que por eso no quedase el salir en campaña. 
El marqués se holgó mucho de ver el buen ánimo y voluntad de sus soldados, y agradeciéndose mucho los mandó ir á sus posadas , y ordeno qué cada capitán recogiese los dineros que de su compañia contribuyesen los soldados tomandolo por cuenta y memoria, para que despues Angiliberto, escribano de raciones ó contador del ejercito, tuviese cuidado de hacerlos pagar. 
En este mismo dia los capitanes españoles llevaron al marqués los dineros, que suyos y de sus compañias pudieron haber y con estos y otros que dieron los caballeros, hubo para dar un escudo de socorro á cada tudesco, y aderezar algunas cosas necesarias para el artilleria y municiones, como son carros, ruedas, sogas, azadones y otras cosas de este jaez, que son muchas y grandes las que un ejército ha menester. 

Vemos pues, que los soldados españoles aportaron una cantidad. considerablemente alta en relación a su patrimonio, en forma de préstamo - asumo que sin intereses - para el sostenimiento del ejército, principalmente, para destinarlo a socorrer a los lansquenetes. Es difícil que la cantidad recaudada entre ellos fuera muy alta [desde luego, no más de los 7000 ducados que costó el socorro a los alemanes "viejos"] pero el esfuerzo y generosidad de esos infantes fue, sin duda, enorme.  

Después Pescara realiza su alocución a los infantes italianos, que igualmente dan una respuesta afirmativa al requerimiento del marqués de combatir sin pagas hasta el día 10. Españoles e italianos se dirigen a los alemanes, advirtiéndoles que "so pena de perpetua inimicicia" debían acudir a socorrer Pavía y no excusarse en la falta de pagas.

Los cuadros de piqueros alemanes, como estos lansquenetes imperiales en una representación de la misma batalla de Pavía - cuadro de hacia 1530, de la colección de Enrique VIII de Inglaterra - eran fundamentales en las guerras libradas por el emperador Carlos por su número, disponibilidad, facilidad de movilización y eficacia durante el combate, pero no eran tan disciplinados como los españoles para soportar las penurias de las largas campañas, y mucho menos, estaban predispuestos a padecer la falta de pagas. 


En todo caso, a pesar de las amenazas de los infantes españoles e italianos, Pescara, al día siguiente, habla a los 7000 alemanes que están en el campo, los cuales se conforman con que se les pague 1 escudo en el momento, y 1/2 escudo el día 26, y entonces seguirán en servicio hasta el día 10 de febrero. Los alemanes que han llegado con posterioridad a cargo de Jorge Frundsberg, se declaran contentos con la 1/2 paga que acaban de recibir.

Asimismo, Hernando de Alaracón habla con los hombres de armas, que prometen ir a Pavía a caballo o a pie, pero que dicen no poder hacer su servicio como hombres de armas sin recibir su paga. O sea, que los hombres de armas emplean una sutil forma de reclamar las pagas, advirtiendo que no combatirán sin ellas, sin mostrarse abiertamente descorteses. El hecho es que la mayoría de ellos ha jurado sobre la hostia sagrada no prestar servicio hasta que reciban buena parte de las pagas que se les adeudan. Finalmente, se avienen al recibir 10 ducados por cabeza y la promesa del pronto pago de otros tantos.

El virrey y el duque de Milán procuran reunir 30.000 ducados, y con este dinero se consigue mantener a hombres de armas e infantería alemana para que sirvan, al menos, hasta el 10 de febrero.

Con todo esto, se consigue poner el ejército en marcha para acudir al socorro de Pavía.


Término de pago

Llegado el día 10 de febrero, finaliza el plazo en el cual los soldados debían cobrar. Los alemanes vociferan en el campo "¡Guelte! ¡Guelte!" [¡Dinero! ¡Dinero!]  y acuden a la tienda de Girolamo Morone para hacer notorio su descontento. El marqués de Pescara les entrega 4000 ducados de sus fondos, y los soldados quedan momentáneamente satisfechos.
En este momento se deben 100.000 ducados a la infantería: 3 pagas a la infantería española, y 1 mes de sueldo a los alemanes, paga que cumplirá el 25 de febrero.

El día 21, debían llegar 100.000 ducados que el Emperador remitía, y asimismo, el dinero que debía llegar de Roma.

Exprimiendo los fondos de que se disponen, se distribuye 1/2 florín de oro a los soldados, y se indica que les intentará dar otro al día siguiente.

Finalmente, Pescara anima al Consejo a tomar la decisión de dar la orden de combatir: uno de los motivos claros es que si no combaten, el ejército se deshará por la falta de pagas.

De hecho, entre los capitanes franceses que daban consejo a su rey, el señor de la Palice dio el parecer de que debían descercar Pavía. Según la opinión del veterano militar, si se levantaba el asedio a la ciudad, los alemanes que se hallaban dentro defendiendo la plaza en nombre del Emperador demandarían la paga, y no se contentarían con razones ni promesas, sino con oro, y no habiendo oro con que pagarles, habría motín, y habiéndolo, se marcharían a casa tras recibir las pagas. Asimismo, los alemanes que habían venido al socorro habiendo "ya librado del cerco a sus parientes" se volverían a Alemania. Concluía su razonamiento el señor de la Palice - según Jovio - que "el impetú de los Tudescos enemigos frescos y terribles, no se devia romper por fuerza sino con una dilacion conveniente". Valía la pena, pues, según el consejero francés, descercar Pavía, pues los alemanes que la guardaban, no pudiendo dejar la plaza, no suponían un grave problema a nivel financiero no hallándose en posición de reclamar las pagas con fuerza.

No obstante este consejo, Francisco I de Francia mantuvo el cerco a Pavía, y llegado el día de San Matías, todos los soldados del emperador libraron la batalla hallando la victoria.

Al mismo tiempo llegaron los 100.000 ducados esperados para pagar la guarnición de Pavía y el resto del ejército.


El sostenimiento de la guarnición de Pavía

Pavía, cercada desde octubre, había sido sostenida por los defensores, que tuvieron una actuación en lo general muy digna, con numerosas salidas y acciones que podríamos calificar de heroicas, y sin embargo, las tropas alemanas, o al menos, algunos de sus líderes, estuvieron a punto de ejecutar la traición en más de una ocasión [3] o cuanto menos, amenazaron de entregar la plaza si no recibían la paga [4].

A pesar de la entrada de algún dinero - acción muy difícil en una ciudad cercada - y de recurrir a la escasa hacienda personal, Antonio de Leiva hubo de recurrir a las exacciones: recoger el oro y la plata de las Iglesias y apretar a los burgueses para que contribuyeran económicamente.
Se asume que así logró reunir Leiva 30.000 ducados, suma nada despreciable,  pudiendo labrar moneda [5] con la que pagar a la soldada, pero el hecho es que acabada la contienda, la deuda alcanzaba los 180.000 ducados.

Así pues, los soldados cercados también tuvieron una considerable paciencia, si bien su caso era considerablemente diferente a aquellos del campo imperial, que podían marchar a donde quisieran.

Financiación tras la victoria

Les Espàgneus ont souffert trois mois sans avoir paye, et en combattant out fait merveille:, et ont été chargés de gagner la bataille
Carta del virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, al Emperador, en el campo delante de Pavía, a 25 de febrero de 1525

La victoria supuso que diversos príncipes italianos, que se habían comprometido previamente con el Emperador en diversos acuerdos, no tuvieran más oportunidades para demorar el pago de lo acordado: así Venecia, el Papa - que últimamente daba apoyo a Francia - el duque de Saboya, Siena, Florencia, Lucca y Génova, debían contribuir con cerca de un millón de ducados. Asimismo, el rey de Inglaterra ha de abonar su contribución, en función de la liga acordada.

El caso es que estos estados continuaron tras la victoria en Pavía demorándose en el pago, y así, se prorrogaron los problemas para hacer efectivos los pagos en el ejército. En todo caso, finalizado el conflicto con la prisión de Francisco I, la necesidad de mantener el ejército era considerablemente menor; para abril, por ejemplo, la mitad de los 6000 alemanes de Frundsberg habían dejado sus banderas y regresado al hogar, aún sin haber recibido los adeudos.

A finales de mayo de 1525, españoles y alemanes se alojan en Viela [hacia el Piamonte] en estado de amotinamiento, demandando su paga. Stephano Grimaldo, mercader genovés, acaba de abonar la mitad de una letra por valor parcial de 50.000 ducados, prometiendo la otra mitad a final de esa semana.

Se queja el Abad de Nájera al Emperador que la mitad del dinero destinado al ejército imperial se va en comisiones, intereses, cambios, etc, además del enorme coste de llevar el efectivo al campo. Quizá exageraba Nájera, pero por ejemplo, los 50.000 escudos remitidos por el rey de Inglaterra por letras en Venecia, se ven reducidos a 40.000 en efectivo.

Hernando de Ávalos, marqués de Pescara, retratado por Tobias Stimmer
En julio, Pescara y Leiva, a pesar de que las últimas letras de cambio fueron recibidas a mediados de junio, han juntado de su plata y joyas 15.000 coronas para sufragar los gastos del ejército.

La presencia de los soldados en el Piamonte consigue que el duque de Saboya se avenga a abonar una contribución al ejército, a cambio de que la infantería dejase el territorio. Nájera propone entonces enviarlas al marquesado de Saluzzo. Vivir sobre el terreno e imponer contribuciones a los locales, un modelo que vivirá su apogeo durante la guerra de los treinta años.



Los problemas económicos se mantendrán, aún a pesar de las reducciones en el número de soldados del ejército, y serán la norma general, como sucedió durante la campaña de 1527, si bien, en esta ocasión, la falta de un cabo de guerra del prestigio y de la ascendencia de Pescara [6], hizo que los soldados, carentes de un líder carismático que les condujera en la guerra del modo más eficiente, acabaran siendo calificados de "comunidad de amotinados".


Apéndice

Alocución del marqués de Pescara a los soldados, según la crónica de Cereceda
Es imposible de que fueran las palabras reproducidas a continuación, las realmente pronunciadas de modo literal por Pescara para conseguir de la infantería españoles su adhesión cuasi incondicional, pero entiendo que Cereceda recogió la esencia del discurso pronunciado por el marqués, y lo adornó literariamente para plasmarlo en su obra:

Señores y hermanos : Fasta agora no se os ha dado parte de nuestros secretos , porque no ha sido nescesidad que lo supiésedes ; agora que la hay,  os hago saber cómo el Rey de Francia nos ha enviado á decir le desembaracemos la Lombardía que la quiere para sí y después porná justicia; el reino de Nápoles será suyo ó de las majestades cesáreas. Mirad y señores , con cuánto trabajo lo hemos ganado é guardado fasta el dia de hoy ; no quiera Dios que por nosotros se falle perder un punto de la honra que habemos guardado é ganado. ¡Mirad con cuánto trabajo están cercados en Pavía nuestros hermanos y parientes y amigos ! Habemos dado orden de salir en campaña é no tenemos dineros para pagar una paga que se os debe , y once ó doce dias de otra. Vengóos á rogar que esperéis hasta de hoy en veinte dias , que vengan dineros del reino de Nápóles para pagaros; en este tiempo allegaremos nuestro campo á Pavía , para dalles socorro o vituallas , ó sacar la gente que está dentro. Nos pondremos tan cerca de la muralla , que será nuestra ó suya del Rey de Francia ; y para en esto , yo os prometo la fe de caballero , de ser el primero que muriere ó allegaré á la muralla de Pavía aunque tengo por muy cierto , según vuestra valor y de no ser el primero , ni aun el tercero que allegaré á la muralla. Por tanto y señores , dadme vuestra respuesta , porque tengo de dar relación á estos señores que vuestro ejército gobiernan. 


En la relación de Juan de Oznaya sobre la alocución de Pescara - mucho más extensa - y farragosa - que la de Cereceda - se incluye una petición expresa de dinero realizada por el marqués a la infantería española:

Y para mostrar mas vuestro valor, la misma fortuna ha rodeado de traernos en tiempo, que no solo no tengamos un real para pagaros, pero que tengamos los capitanes necesidad de pediros de los dineros que tenéis cada uno, para socorrer á los tudescos. Bien conozco ser esta la cosa mas nueva del mundo y la mas grave que jamás á gente de guerra que se pidió; pero confio lo haréis para que mas yo vea á qué se estiende vuestro valor, y por tanto os ruego con toda quietud me respondáis lo que en todo pensáis hacer. 

Du Bellay indica que el marqués también apeló a la posibilidad de obtener un suculento botín con la rota de los franceses, lo cual no es en absoluto descartable, si bien el cronista y soldado francés, no se hallaba en el campo imperial para dar testimonio del parlamento de Pescara.


Notas

[1] Se quejaba Pescara - según la relación de Juan de Oznaya - de que desde septiembre de 1524 "no nos pagan ni tenemos un real que comer, ni el emperador nuestro señor al presente puede socorrernos por ninguna via; pues tomados los caminos asi de España como de Napoles están tomados; que si no fuese volando, nadie podria pasar, ni acá lo podemos por manera ninguna remediar. Porque bien creeréis que no han faltado ni faltan diligencias: que yo os certifico que de mi parte he enviado á rogar á los venecianos, ya que no por otra via, á lo menos sobre mi estado de Pescara, ó comprado, ó vendido, ó empeñado, me diesen siquiera cient mill ducados".

El empeñar los feudos era una medida recurrente para sostener la guerra por parte de los jefes del ejército, que se jugaban su prestigio personal y familiar en tal empeño, pero que podían resultar muy mal parados al realizar tal contribución. En principio, el señor a quien servían - en este caso el Emperador - debía no solo reembolsar la cantidad para que su capitán pudiera desempeñar sus estados, sino recompensarle con alguna merced, que debía llegar, naturalmente, en cuanto tuviera ocasión.
Pescara, sin embargo, murió en noviembre de 1525, y no parece que fuera el caso de haber visto recompensado su esfuerzo. Le heredó su sobrino el marqués del Gasto, y según Jovio, "lo dexó cargado de muchas deudas", de modo que de "tantas victorias ninguna cosa le quedó, sino la gloria y loor".

[2] Dato obtenido en "Le connétable de Bourbon 1490-1527" André Lebey, 1904. p.271. Lebey no referencia el dato.
El ejército de Lombardía en diciembre de 1523 - más pequeño que el de 1525 - costaba 87.448 ducados al mes. En marzo de 1526, Lope de Hurtado escribía al Emperador que se debían 600.000 ducados y que "cada mes tiene V. M. cerca de sesenta mili ducados con alemanes y españoles sin la gente de armas y fortalezas y otras cosas ordinarias deste Estado y extraordinarias del exército".
O sea, que solo la infantería costaba sesenta mil ducados al mes una vez librada la batalla de Pavía.


[3] El coronel de las tropas alemanas en Pavía era el conde Eitel Friedrich von Zollern o Hohenzollern [el Festterfriz de la crónica de Cereceda].
Durante el asedio contactó con un coronel alemán que servía al rey de Francia y acordaron la entrega de la plaza. El plan era sencillo: cuando a los alemanes les correspondiera la guardia del puente, el conde pondría gente leal a su persona para custodiarlo, y por allí les darían entrada a los franceses que acudieran a tomar la plaza. Conocida la traición por un soldado alemán, lo comunica a Leiva ,que ordena doblar las guardias en los muros y acude al puente, donde explica al coronel que le deja como ayuda de su guardia alemana 200 arcabuceros españoles con el capitán Bracamonte, la mitad en el puente, y la otra mitad vecinos. Acuden los franceses a la hora convenida con la contraseña que habían acordado, pero viendo que no les dan la entrada, pues los alemanes tenían el obstáculo de los arcabuceros de Bracamonte para ejecutar su plan, se retiran. Al día siguiente, Leiva, simulando desconocimiento del plan del conde Zollern, le invita a comer.

Sandoval insinúa el envenenamiento del coronel alemán en dicha comida con no poca mordacidad:
"Socorrió Antonio de Leyva con aquellos dineros á los tudescos, y convidó á comer a su mesa al coronel de ellos de quien se tenia sospechas. Y aun habia información que traia trato secreto con el rey de Francia, por medio de dos hermanos vecinos de Pavía. para darle entrada en la ciudad; pero tales fueron los bocados que tragó él tudesco, que dentro de pocas horas purgó con ellos el alma, perdiendo la vida, que como traidor no merecía"

El conde murió el 15 de enero de 1525.
Según las memorias del señor de Florange, dos días después de la asistencia al banquete. El conde Juan Bautista Lodrón fue nombrado nuevo coronel de la infantería alemana en sustitución del fallecido.

[4] El caso se solventó con el envío de dos soldados españoles con el dinero. Según Oznaya, el alférez Diego de Cisneros y Francisco Romero pasaron al campo francés fingiéndose traidores y una vez allí, entraron en Pavía con el dinero cosido en un jubón; según de Bellay, el dinero lo introdujeron en un barril de vino, unos 3000 escudos, una cantidad muy pesada y voluminosa para llevar en un jubón.

[5] Con la leyenda "Caesariani Papiae obsessi 1524" según Cereceda, o  ·Caesariani militis Paviae obsessi·, según Sandoval.

 1524 CESariani Pa Pie OBsessi / 1524 CESareis Pa Pie OBsessi

Se imprimieron monedas de diversas leyes y pesos tanto de plata, como de oro, para pagar a los soldados, y en lugar de poner el nombre o la efigie de su señor, mandó labrarlos con el AL - Antonius Leyva:
1524 Antonius Leyva
[6] En un retrato ecuánime hecho por Piero da ca' da Pesaro, Proveditore General in Campo  del ejército veneciano durante la campaña de 1524 - con atribuciones similares a la del Comisario General en el ejército imperial -, se dice de Pescara que era "hombre de buen corazón, cauto, astuto, liberal, paciente en toda fatiga, español de querencia, aunque nacido en Italia, siempre habla español, aunque sepa italiano; es amado, es más, es adorado por la infantería hispana [...] el mejor hombre del campo cesáreo, práctico de los sitios y de los alojamientos".
Aunque el texto pueda parecer laudatorio en exceso, propio de cronistas aduladores, se trataba de un informe particular y secreto dirigido a la Señoria de Venecia, en el cual, el oficial veneciano reconocía como otros señores más importantes que Pescara - el duque de Borbón, o el virrey Lannoy - no sabían demasiado de la guerra.
En la misma relación reconoce las cualidades como soldados de Alarcón y Leiva, que según él, eran amados y estimados por todos.
Los soldados, sin duda, sabían distinguir a sus jefes nominales de sus líderes reales.

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