Sitio de Maastricht (1579)

SITUACIÓN PRECEDENTE EN LOS PAÍSES BAJOS: NECESIDAD DE ESPAÑOLES
A finales de 1576 se llegó por parte de los Estados Generales al acuerdo de la Pacificación de Gante, artículos que el nuevo gobernador Juan de Austria se vio obligado a aceptar en el Edicto Perpetuo, que tuvo como consecuencia principal en el ámbito militar la salida de las tropas españolas de los Países Bajos en la primavera de 1577.

Cuenta el biógrafo de Sancho Dávila – castellano de Amberes, cabo de guerra en vida del capitán general Requesens, y gobernador sin comisión de las tropas leales españolas y alemanas durante el turbulento año de 1576 – que dirigió a Juan de Austria las siguientes palabras, antes de marchar hacia Milán conduciendo las tropas:
“Vuestra Alteza nos hace salir de Flandes; acuérdese que bien pronto se verá obligado a llamarnos”.



Salida de los españoles de Brabante en 1577 de acuerdo al Edicto Perpetuo

A finales de 1577, un arrinconado don Juan de Austria, recluido en la capital del fiel ducado de Luxemburgo, aguardaba la llegada de las tropas que habían partido seis meses antes camino de Italia, viendo como la autoridad real que él representaba, carecía de poder en parte alguna de los Estados.

Antes de que se retirara don Juan a Luxemburgo, había dirigido a los capitanes españoles de Italia una carta desde la villa de Namur, reclamando su regreso, ya en 15 de agosto de 1577. Se dirigía A los magníficos y amados y amigos míos, los Capitanes y soldados de la infantería española que salió de los Estados de Flandes, invitándoles á una ocasión donde con servir tanto á Dios y á S. M. , podréis acrecentar la fama de vuestras hazañas, ganando perpetuo nombre de defensores de la fe.

El 15 de octubre llegaba a los Estados italianos la orden del rey, imprescindible para acudir al socorro del cercado Gobernador. Y en paralelo, se daba cargo a Alejandro Farnesio, príncipe de Parma y sobrino del rey, para conducir las dichas tropas camino de Flandes, mas debido a ciertas inconveniencias, partieron las tropas primero, y marchó Farnesio detrás de ellos por la posta, llegando a Luxemburgo el 17 de diciembre.

Aunque habían quedado muchas unidades de los llamados regimientos valones [naturales de los Países Bajos, que eran tanto valones como flamencos] la llegada de los españoles era imprescindible: eran las tropas de élite de la monarquía, y en quienes más se podía confiar por su lealtad a su príncipe natural.

1578. AÑO DE TRANSICIÓN: INTENTANDO VOLTEAR LA TORTILLA

En 1578, tiene lugar la batalla de Namur, llamada de las espuelas [por lo tanto que hubieron de picarlas en sus monturas los rebeldes para huir del campo de batalla; los que no tuvieron la desgracia de ser infantes] y se producen [por orden cronológico] las tomas de Zichem, Diest, Lovaina, Simay, Phelippevilla, Limburgo, Dalem, Vins y Tirlemont, teniendo lugar asimismo en agosto la batalla de Reminaut.

De estas diez villas principales, siete fueron tomadas al asalto: cinco por batería [abierta brecha en la muralla por la acción de la artillería, por la que entraron las tropas] y dos asaltadas por sorpresa: una con escalas, y otra tomando la puerta.

Esto es destacable, en tanto no volverá [como veremos] a ser la guerra “tan fácil”, y la toma de las villas “tan rápida”.

1579. EL AÑO DEL EMPEÑO.

Comienza 1579 con la destacable batalla de caballería de Eindhoven, donde no intervinieron los infantes.
Acosado el ejército rebelde durante semanas, se produce finalmente la batalla al pie de las murallas de Amberes, habiéndoles negado la entrada a los perseguidos que buscaban refugio dentro de las murallas de la villa del Escalda.

Tropas españoles - arcabuceros a caballo, hombres de armas e infantería - acosan a las tropas de los estados hasta las murallas de Amberes [Antuerpia] en 1579.

Posteriormente, tendría lugar la toma de la villa de Kerpen, en el país de Güeldres.

Toma de Kerpen en enero de 1579

A pesar del fallido sitio de Dunkerke, y el tibio intento sobre Ostende, comenzaba 1579 como había transcurrido 1578: la fortuna sonreía las armas españolas, y nada parecía que iba a contradecirla.

En octubre de 1578 había muerto don Juan, y su sucesor natural, el príncipe de Parma, se vio refrendado en su puesto como capitán general del ejército. Alejandro Farnesio tenía el ojo puesto en Maastricht, villa del país de Limburgo, por varios motivos:

por ser plaza de armas y la escala y portillo por donde entraban tantos […] grandes socorros y ejércitos que de Alemania venían [por donde tenían] el paso seguro del río Mosa.

Pues había que tener en cuenta que las luchas que se habían producido los meses anteriores, habían tenido principalmente por opositor protagonista, las tropas alemanas dirigidas por el Duque Francisco Casimiro de Saxa. Y también por

oprimir y castigar la mala vecindad que siempre hizo el país de Liege, sin considerar los muchos beneficios que había recibido del Rey, nuestro señor, particularmente su Arzobispo, que con disimuladas razones dio siempre á entender, que teniendo á la villa de Mastriq estaria á su devoción toda su tierra y Arzobispado

O sea, dar satisfacción a un príncipe de la Iglesia que regentaba el enclave Liejés, y que se veía amenazado por las salidas que los rebeldes realizaban en su país para aprovisionarse.


SITIO DE MAASTRICHT
Desplazamiento del ejército en trozos

En marzo de 1579, comienza a desplazarse el ejército de campaña a Maastricht desde Kerpen, villa cerca de Colonia en Alemania.

Se encargó al conde Barlamont, que era general de la artillería, que aprovisionándose de piezas, balas y pólvora en la villa de Namur, se embarcase en el río Mosa y “caminase” la vuelta de Maastricht, con orden que allí estuviera el 8 de marzo. Llevaría 48 piezas gruesas de batir (1) , tres culebrinas, cincuenta mil balas de hierro colado y quinientos quintales (2) de pólvora.

La práctica totalidad de la caballería, a cargo del Comisario General Otavio de Gonzaga, caminó por la derecha hacia Maastricht. Mientras que la infantería, se dividió en dos partes, yendo don Lope de Figueroa por la izquierda con su Tercio, y un regimiento de valones, escoltado por cuatro compañías de caballos.
Alejandro Farnesio, capitán general, partió el 4 de marzo con el resto del ejército, yendo hacia Maastricht por el camino del medio, llegando en cuatro jornadas, y alojándose a una legua3 de la villa.

Esta práctica de dividir el ejército para marchar tenía una clara motivación: por un lado, la artillería, debido al peso que movilizaba, era más sencilla transportarla en barcazas por vía fluvial que por caminos de tierra en los cuales era fácil que cualquier carro quedara atascado a las primeras lluvias. Por otro, obligar a la caballería a marchar al ritmo de los infantes no era imprescindible, a no ser que se esperase un encuentro con el enemigo contrario, y la caballería tenía otras necesidades que la infantería: forraje para los caballos. Asimismo, marchar el ejército al completo, imponía mayores complicaciones a la hora de alojarse y de conseguir bastimentos: principalmente alimentación. De ahí que se dividiera el ejército en tres trozos [uno de solo caballería] para que cada cual marchara por su camino, alojándose y alimentándose en distintas poblaciones durante su marcha, lo que asimismo reduciría la presión sobre las distintas poblaciones.

Cuarteles de las tropas

Como referimos, quedó Farnesio a una legua de Maastricht, con pretensión de alojar su persona y corte en el castillo llamado “Petrejor”, adelantando para ello su bagaje, donde fue recibido por arcabuzazos de los del castillo. Mandó entonces Farnesio al capitán Pedro de Castro para que requiriera al gobernador del mismo que abriese las puertas y se rindiera, y ante la negativa de éste, ordenó a dos compañías que se preparasen para con dos piezas, batir y rendir el castillo. Ante esto, y ante una nueva requisitoria realizada por un padre jesuita, rindió el gobernador el castillo, permitiéndole la marcha junto a su guarnición, de acuerdo a los conciertos acordados, pudiendo Farnesio alojar su casa y corte en el castillo.
Tras repartir y alojar las naciones en los cuarteles, se procedió a reconocer las murallas de la villa para determinar como había de realizarse el intento sobre ella, y se ordenó construir tres puentes sobre el Mosa, para facilitar el tránsito.

Generalmente, los distintos Tercios y regimientos que integraban el ejército se alojaban con los de su unidad, y por lo tanto, con los de su nación. Generalmente, una parte de las unidades se alojaba en las villas más próximas a la que había de sitiarse – en casas de particulares – y el resto, se resguardaba en barracas en los alrededores de la villa, o en los arrabales si podían tomarse estos con seguridad. Los alojados cerca trabajaban en las labores de zapa un determinado periodo de días [guardia] que podía ser cinco, ocho o diez, y tras este periodo eran sustituidos por los que se alojaban un poco más lejos, pasando a trabajar unos y descansar los otros. Claro que el descanso no era tal: era una pausa de la penosa labor de abrir trinchera bajo el fuego de la guarnición de la villa, para proceder a realizar otras labores de guardias, aprovisionamientos, defensa contra socorros, construcción de fuertes…

Maastricht estaba dividida en dos: a la izquierda del río Mosa encontramos la villa amurallada, y en la ribera contraria, el burgo o arrabal, unidas ambas partes por un único puente de piedra. Esta última parte fue tomada por el coronel Cristóbal de Mondragón, al mando de tropas de naciones.

Maastricht en 1581

Al ver la llegada de los españoles, el gobernador de la villa cerró las puertas, incrementando la población natural con todos aquellos que habían acudido a la villa por ser día de mercado. Se construyeron otros dos puentes de barcas sobre el Mosa.

Defendían la plaza 4.000 soldados, con 154 capitanes, al mando del sargento mayor francés Sebastián Tapino, asistido por el capitán Manzano, español renegado.

Rebellín de San Pedro. Flojedad de la artillería de Barlamont.

Tras debatirse cual era la parte más flaca de las defensas sobre la que actuar, se determinó era el rebellín4 de la puerta de San Pedro, llamado el Viejo, haciendo zapa contra él, llegando a desembocar al foso5 a 20 de marzo. Se envió a asaltarlo a 3 compañías de españoles, pero fueron barridos por la artillería de la muralla.

Había encargado Farnesio al conde de Barlamont, batiera la gola (6) del rebellín con 8 cañones, pero inició la obra sólo con tres. Reprendido, dispuso los ocho, pero lo hacía tan lentamente, que nunca quedó cerrado el paso a los de la villa, de manera que podían realizar salidas contra los sitiadores. La razón que explicaba tal incompetencia, era que Barlamont se mostraba ofendido porque no fuera el propio Capitán General Farnesio quien le diera las ordenes directamente, sino uno de los gentilhombres de la casa del de Parma, el conde Guido Sanjorge, italiano natural de Monferrato.
Llegó a batirse el propio rebellín, pero también con inoperancia, por lo que podía ser reparado, no llegando a quedar destruido por completo en ningún momento.

Minas, hornillos y contraminas. Aproximación por tres partes

Al Tercio de don Hernando de Toledo le correspondió las trincheras de la puerta de San Pedro. Al de Lope de Figueroa la de San Antón, y la puerta de Bruselas al de Francisco Valdés, asistidos todos ellos por valones y alemanes.
Cada uno de estos debía ejecutar minas y hornillos7 para que llegado el día, el 26 de marzo, se pudieran volar las murallas y dar el asalto, apercibidas las tropas para ese efecto, pero las dos minas y el hornillo que se volaron, no produjeron los daños esperados8 y el asalto no pudo realizarse.
Aún a pesar de este fallido intento, se continuó trabajando en dos minas, desembocando a ambas unas contraminas que los rebeldes habían fabricado. En una de ellas, volcaron los rebeldes un tonel de agua hirviendo9 quemando los pies [y manos] de los que allí trabajaban. En la otra, quemaron leña verde a la boca de la contramina, y con el fuelle del órgano de la iglesia, llenaron de humo todo el circuito de minas, de manera que con uno y otro ardid desalojaron los soldados españoles.
Se empeñaron los españoles en recuperar las minas, y bajaron treinta soldados, y disparando sus mosquetes protegidos tras tablones atronerados, auxiliados por piqueros10, consiguieron desalojar a los rebeldes y recuperar las minas.

Salidas de los rebeldes

Realizan los rebeldes una salida desde la villa, tomando los soldados españoles desapercibidos, teniendo estos las cuerdas de los arcabuces apagadas, con lo que no se pudieron defender, muriendo 35 españoles del puesto atacado. En otra salida, matan los rebeldes a 200 españoles.

Asalto general

Estando bastante avanzadas las trincheras, la que lo estaba más era la de San Antón, que desembocaba al foso. Se planeó entonces dar el asalto por este punto, y como era necesario cegar el foso, se emprendió esta tarea, haciendo que los soldados arrojasen fajina11 al mismo para ir rellenándolo, todo esto bajo el fuego – mosquetería, artillería, guirnaldas de fuego… - de los defensores de la muralla.
El 7 de abril se aperciben las tropas para el asalto general: se forma la infantería y la caballería12 en escuadrones en la plaza de armas marcada, se prepara el hospital y se distribuyen los capellanes en las trincheras para asistir a los moribundos.
El 8 acaba de cegarse el foso con la fajina por la parte de la puerta de San Antón, y comienza a batirse la muralla por dos partes de la villa con veinte cañones para cada una. A las dos horas y media se consideró que la apertura era bastante para dar el asalto. Se envió a dos capitanes13 a que reconocieran el foso, para ver si estaba cegado14 y como la opinión era disconforme, fue Guido Sanjorge a reconocerlo [ante la pretensión del propio Farnesio de hacerlo por su persona] constatando que sí estaba cegado.
Hecho esto, comenzaron a dar el asalto españoles pica en mano por ambas baterías, ascendiendo por las baterías, siendo barridos desde los traveses15 encubiertos por los rebeldes. Resultó que más de uno de los torreones o bastiones que los españoles habían pensado ser de terraplén [un bloque de tierra desde la base hasta la corona] era hecho de fábrica [hueco] y estaba lleno de esmeriles y mosquetes de posta16 que surgieron de las troneras hasta entonces tapadas.
Amén de estas armas, usaban los rebeldes contra los asaltantes guirnaldas de fuego17, cohetes de hierro, piedras y carros con los ejes llenos de púas afiladas que lanzaban batería abajo contra los que ascendían por ella.
Por si fuera poco el destrozo que sufrían en el asalto, se voló la pólvora que tenían para alimentar uno de los puestos de artillería, y murió en la explosión gran cantidad de gente. Se ordenó detener el ataque cuando habían muerto algo más de 700 españoles, y los rebeldes aprovecharon aquella noche [aún estando bajo el fuego de la artillería] para terraplenar las baterías18 hechas en la muralla. Cabía tener en cuenta que se calculó había 5.000 personas asistiendo con azadón y cesta moviendo tierra en las defensas de la villa.
Reunido el Consejo de Farnesio, se determinó el príncipe de Parma que no se había de levantar el sitio, por no perder la reputación.

Insistimos: plataforma

Durante el tiempo en que se estuvo batiendo, las balas y pólvora se fueron gastando, por lo cual se vio que no podía ser dado otro asalto. En tanto no se reponían las municiones, se convino en ejecutar una plataforma de tierra, desde la cual batir los traveses con una posición privilegiada, ejecutando el movimiento de tierra necesario por parte de villanos de los países de Lieja y Limburgo, que hasta aquí habían trabajado sólos los soldados.
Desde una altura de 9 metros, a la otra banda del foso, comenzó a batirse los torreones contrarios con 3 piezas de artillería, cubiertos los artilleros colocados tras cestones19 por dos docenas de mosqueteros que impedían que tiradores desde la villa los ofendieran.
Esta plataforma permitió20 que se cegase el foso, y se zapara la muralla en condiciones de seguridad [sin asistencia de la artillería de los rebeldes, pues se tuvo que luchar palmo a palmo]: se tuvo por tanto control de una de las caras del poliedro que constituía la muralla de la villa, a nivel artillero.
Acabó de tomarse pues este tramo de muralla o lienzo, y después de atrincherarse, desde aquí se dio el asalto a un torreón que se ganó también. En este torreón se ejecutó un andamio desde el cual se tiraba contra los del interior de la villa.
Las mismas tropas que ganaron el torreón, ejecutaban dos minas, y habiéndolas interceptado los de la villa con sus contraminas, las volaron, matando a los españoles que echaban la siesta dentro de ella, escapando sólo un capitán que no dormía para poder contarlo. Ofendidos asimismo los del torreón por los rebeldes desde otro puesto, se determinó el ganarlo, mas no lo pudieron realizar los españoles21 en esta ocasión.
Una vez quitados los traveses a los rebeldes, se subió la artillería a fuerza de brazos [muriendo en ella el general de la artillería que tiraba de una de las cuerdas arrastrando un cañón] al tramo de muralla tomado, pues los rebeldes habían ya ejecutado una segunda línea de defensa interior [una media luna] que no podía ser sino batida por artillería22.
La ventaja con que contaron los españoles, es que el andamio que habían ejecutado en el torreón desde el cual actuaba la mosquetería, estaba a caballero [más alto] con respecto a la media luna, con lo cual perdían parte de la protección que le ofrecía esa defensa.
El 15 de junio se ejecutó una rampa por la que se acabó de subir la artillería a la muralla, hasta 15 piezas de 40 libras de bala, con la que batieron la media luna de los rebeldes, aunque sin demasiado efecto.

Segundo asalto general

El 28 de junio se apercibieron las tropas como en la primera ocasión para dar un nuevo asalto la mañana del día siguiente, en este caso contra la segunda línea de defensa interior que los rebeldes habían ejecutado.
Se dispuso que hubiera un determinado número de soldados que fueran tocándole el arma al enemigo, de manera que estos no pudieran descansar aquella noche, y uno de estos, demasiado animado al grito guerra de la nación española “cierra España, Santiago”, se lanzó al ataque, y seguido de los de su nación, así como de los valones y alemanes se lanzaron contra la media luna de los rebeldes, tomándola y dejando ya el camino para tomar la villa abierto.

La matanza de la víspera de San Pedro

No perdonaban á niños ni á mujeres, que por escapar las vidas iban huyendo y se arrojaban por las ventanas, y daban en manos de otros que se las quitaban, y algunos echaron del puente, que es muy alto, en el río Mosa, y se ahogaban. Otros se escondían en diferentes partes y se entraban en los sótanos, y muchos se soterraban en los jardines, tal era el temor que tenían que vivos se enterraban. Fue un día de juicio, y tan grande la mortandad, que ponía admiración, pues al desembocar del puente había un gran monte de cuerpos muertos, que pasaban de doce mil con los que se hablan echado en el río; y muchas madres estaban con sus tiernos hijuelos en los brazos, puestas boca con boca, y algunos las tenían en los pezones de las tetas.

Pobladores de Maastricht escapan por el puente sobre el Mosa, perseguidos por soldados españoles. 29 de junio de 1579
No faltaron los españoles a la costumbre del saqueo y asesinato que tenía lugar tras un asalto. He preferido referir directamente una narración contemporánea, que intentar resumir lo que aconteció en la villa una vez entraron en ella los soldados del rey. Amén de estos 12.000 muertos, se tomaron 4.000 prisioneros por los que se pudo obtener rescate. Habían muertos antes unos 2.000 durante la defensa [parte de los 4.000 que guarnicionaban la villa] los más, muertos de bala de arcabuz o mosquete, según refirió el propio Sebastián Tapino.

Éste, halló refugió en una iglesia junto a alguno de sus hombres, y en virtud de la calidad de su persona y del rescate que podía obtenerse por él, fue hecho prisionero y salvó la vida23
Al capitán Manzano, que decíamos asistía al sargento mayor Tapino que dirigía la defensa de la villa, no le perdonaron la vida. Por su condición de traidor, lo pasaron por las picas una vez lo hubieron hecho prisionero, castigo que se daba a los de la nación española.

Bajas del ejército real

Murieron 1500 españoles en el asedio, 23 capitanes y 3 sargentos mayores, así como 22 capitanes de las naciones, contando en ellos los numerosos italianos entretenidos de la casa de Parma. Se podría estimar que murieron unos 700-800 de los soldados de naciones, en proporción a la cantidad de capitanes con comisión que murieron de ellos.

Cabe tener en cuenta que actuaron en este sitio los tres únicos tercios de españoles presentes en Flandes: el de Lombardía – dirigido por Hernando de Toledo – y el de Sicilia – dirigido por Francisco de Valdés, que sumaban 4.093 soldados según muestra de febrero de 1578, y el Tercio de Lope de Figueroa, que reunía 2696 hombres a su llegada a Flandes el 13 de abril de 1578. No sé hasta que punto estarían disminuidos estos 6.800 hombres cuando se inició el sitio de Maastricht un año después de estas muestras. Asumiendo la hipótesis imposible de que hubieran llegado a él intactos, tendríamos unas bajas del 22% en combate para estas tres unidades.

Consecuencias del asedio.

El 28 de julio de 1579 se hizo muestra: tenía el Ejército de Flandes cuarenta mil hombres en 300 banderas.
A principios de 1580 se ejecutó la orden del rey, que se había avenido de nuevo con los Estados a una segunda evacuación de las tropas españolas, saliendo éstos de los Países Bajos a primeros de abril, llegándose a publicar bando con pena de vida al tenerse noticia de que algunos habían quedado, como los 300 que acudieron a las ordenes de Francisco Verdugo durante sus luchas en Frisia, no siendo esta provincia de las reconciliadas con el rey.
El 18 de agosto de 1582 reentraban los españoles en Flandes. Ya no volverían a salir de ellas mientras duró la guerra.


NOTAS
1. Una pieza de batir normalmente era un cañón que tirase 40 libras de bala. Una culebrina podía oscilar entre 16 y 24 libras de bala.
2. Quintal [de Castilla] = 100 libras castellanas de 460 gr. = 46 kgs.
3. Legua castellana = entre 5.500 y 6.000 metros.
4. El rebellín era una obra de defensa en forma de media luna o V, apuntando el vértice hacia el exterior, que protegía las puertas de la fortificación, de manera que estas no pudieran ser ofendidas de frente por la artillería, al tiempo que ofrecían un puesto de guardia previo al de la puerta, contra los asaltos por sorpresa.
5. La zapa aquí referida, consistía en un avance en trinchera que ofrecía siempre el menor frente posible a los defensores de la muralla. Con la tierra que se excavaba, se ejecutaba un cordón que servía de defensa para los que en ella trabajaban.
6. La gola del rebellín era la puerta que daba acceso a la villa. Se asume que se encontró la posición desde que podía ser batida.
7. Se entiende que mina y hornillo son dos cosas distintas, pero no he hallado definición exacta que determine con exactitud las diferencias entre una y otra obra: ambas tenían por finalidad poder llevar hasta debajo de las murallas una carga de explosivo que pudiera ser volada, y con ella, tirar abajo un tramo de la misma. Lo mismo que se pretendía ejecutar cuando se batía la muralla con artillería, pero con el factor sorpresa.
8. Lo que se esperaba es que la muralla, hecha de tierra, con una sección trapezoidal, se desmoronara y dejara abierta una brecha practicable, un agujero por el cual penetrar en la fortaleza.
9. Cabe entender que el terreno sería arcilloso o limoso; de lo contrario, en un suelo poroso no hubiera corrido el agua por la mina: se hubiera filtrado.
10. Lo cual hace pensar que no se trataba de un túnel de muy reducidas dimensiones [tipo La Gran Evasión] sino algo más grande, para poder manejar mosquetes y picas. Tal vez sólo lo suficientemente alto como para ponerse en cuclillas, pero en todo caso, para que quedaran ambas manos liberadas.
11. Fajina: Fajo de ramas delgadas unidas entre sí con cuerda o mimbre.
12. Aunque la caballería no diera el asalto directamente, quedaba apercibida como prevención ante un socorro o incluso, para una vez abiertas las puertas [si era posible] entrar en la villa y correr las calles para ganar los puestos más rápidamente.
13. Era lo habitual enviar a dos personas para que dieran su opinión, pues no había que fiar empresa tan importante al criterio de uno sólo.
14. Hay que tener en cuenta que si bien se echaba fajina en el foso, se esperaba por una parte que este formara el prerrelleno en aquella parte del foso con agua, de manera que el material que cayera del batir las murallas la artillería lo acabara de conformar. Por otro lado, sólo uno de los dos puntos del foso que se estaban batiendo [el de la puerta de San Antón] se había cegado con fajina.
15. Los traveses eran aquella parte de los bastiones de las fortificaciones que permitían el fuego de flanco.
16. El esmeril era un pieza de artillería antipersonal, como el mosquete de posta, un tanto mayor que su equivalente de infantería.
17. La guirnalda de fuego era un corona echa de tejido embreado que se prendía y se arrojaba contra el atacante.
18. Batería es aquí la brecha abierta en la muralla. El término referido para un grupo de cañones era camarada.
19. Los cestones eran cestas hechas de fibras vegetales [ramas entrelazadas o mimbre] y rellenas con tierra para defenderse de la artillería del contrario.
20. De lo cual puede inferirse que el tiro bajo [desde el terreno natural a la muralla] era mucho mas ineficiente que el tiro realizado desde mayor altura.
21. Aquí la lucha cuerpo a cuerpo se alimentaba del ingenio o mala leche de la gente: “se valían de los batidores de batir trigo y con una piedra al cabo, con mucha presteza les daban en las cabezas, y por momentos les arrojaban colmenas de abejas para que les picasen y otras veces cántaros de calcina para cegarles los ojos, y agua hirviendo y muchas piedras grandes, haciéndolas caer á peso”
22. Estas segundas líneas de defensa hicieron complicar los asaltos hasta el punto de que la poliorcética se convirtió en una práctica reducida a los asedios por hambre: nadie quería realizar asaltos existiendo la posibilidad de hallarse los sitiados impecablemente atrincherados.
23. Esta era una costumbre demasiado aplicada en la época: quien gobernaba la villa y se obcecaba en la defensa de ella, tenía muchísimas más posibilidades de sobrevivir que un villano común, los cuales en muchos casos ni siquiera tenían la condición de rebeldes, sino que simplemente se veían atrapados en una villa.



Apéndice. Problemas durante el asedio de Maastricht

Arcabuceros desprevenidos por hallarse con las cuerdas apagadas 

Durante el sitio de Maastricht se produce una salida de los rebeldes, hallando los soldados españoles a la hora de comer, comiendo con las cuerdas de los arcabuces apagadas,

y salieron de la villa á la hora de comer, por entre la puerta de Bruselas y la de San Antón , con tanta furia y sin ser sentidos, que no pararon hasta las trincheas y puestos de los españoles, que como estaban descuidados y los más comiendo , los hallaron desapercibidos y desarmados, y las cuerdas de los arcabuces muertas,

Cometieron los soldados un gran descuido que les costó la vida:

como el tener las cuerdas muertas, pues una tan sola no habia encendida para poder servirse de los arcabuces

Pero quien lo describe no lo atribuye tanto a descuido u omisión de los soldados, como a un problema logístico-financiero:

[faltaba] que librasen la cuerda necesaria, pólvora y otras municiones á los soldados de las trincheas [que no se les había entregado] ni aun á cuenta de sus sueldos aunque lo hablan pedido

Ni tampoco se habían preocupado los mandos de llevar control em materia tan fundamental:
ni los Sargentos mayores ni Oficiales á apremiar á los soldados que comprasen municiones por falta de dinero


Munición a cuenta de los soldados

Durante este periodo, la práctica totalidad del material que se entrega, se hace a cuenta de los sueldos de los soldados. Un arcabucero o mosquetero, que ha de menester cuerdas - mechas - plomo para hacer balas y pólvora, ha de emplear parte de su sueldo en adquirir ese material. Cuanto más disparas, más gastas y más reducido se ve tu sueldo, aún asumiendo que se contaba que el sueldo de ests arcabuceros era superior, por ejemplo, al de los piqueros, que una vez equipados inicialmente, poca necesidad tenían de adquirir material bélico, sino era reposición de vestidos, botas, y reponer alguna parte de la armadura.

Sin embargo, en el ejemplo que nos ocupa, parece que la culpa no es tanta de los soldados que estando recelosos de gastar su sueldo ahorran hasta en mechas de arcabuz, sino de que hay un problema de suministro del material radicado en la parte administrativa. Normalmente, era el [capitán] general de la artillería el encargado de hacerse cargo de la adquisición, guarda y distribución de dicho material, y en este caso - aunque el autor no acusa con el dedo - era el conde de Barlamont, al cual si le recrimina lo siguiente


FLOJEDAD DE LA ARTILLERÍA

El príncipe de Parma habia dado orden al conde Barlamont que batiese la gola del rebellín con ocho cañones gruesos, y no lo habia hecho sino con tres, y tan despacio, que no hizo efecto la batería

y aunque Barlamont, general de la artillería corrige su falta ante la insistencia de Parma:

la segunda vez lo hizo más, y aunque se batía con los ocho cañones, era tan despacio, que no hicieron efecto , ni se cortó la gola del rebellín, pudiéndose hacer [que de no] haber andado el conde de Barlamont tan tibio en la batería [...] como después lo confesó el Sargento mayor, Sebastian Tapino, que si el dia que se comenzó á batir la gola del rebellin se hiciera como se habia de hacer, tenia determinado rendirse, pues le quitaban la salida para defenderle

Sebastian Tapino era Sargento Mauyor por los rebeldes, y quien dirigía la defensa de la villa. La gola del rebellín, era el principal acceso a Maastricht, por donde se entraba y salía a la villa.

Alonso Vázquez, quien narra estos sucesos, relata la culpa del endeble batir de la artillería era responsabilidad de Barlamont, quien lo ejecutaba de aquel modo, por despecho de que Jorge Guido fuera quien le trajera las ordenes de Parma. Se puede deducir, aunque no se afirma con rotundidad, que Barlamont esperaba que fuera el propio Parma, como Capitán General quien le diera las ordenes directamente, y que no le remitiera un subordinado para comunicárselas.


CONCLUSIONES

Es tan evidente la necesidad de disponer de material suficiente para acometer cualquier empresa, que habrá quien razone innecesario tomarse tiempo para debatirlo, pero en este caso, se aprecian matices lo suficientemente particulares como para destacarlos:

1. El soldado debía disponer del material a costa de su sueldo. ¿Significaba eso que escatimaba en material: dispararé poco y así llegaré a fin de mes?

2. El material debía ponerlo a disposición del soldado el propio ejército, aunque lo abonara el soldado, y en este caso, no se hace, con el agravante de que no se da siquiera a los que en primera línea de sitio están ejecutando las obras de asedio, trincheras y demás. ¿Cómo estarían las unidades que no sirvieran en primera línea?


3. El general de la artillería es acusado de gestionar este arma inadecuadamente, restándole potencial por una cuestión de celos, orgullo personal o problemas de precedencia. No sé en este caso fue así, pero años después, se constituyó una caja separada para el arma de artillería con su Pagador, Veedor y Contador distinto de los del resto del Ejército, lo cual demostraba la valoración positiva que se hacía de esta rama, y la pretensión que no quedase supeditada a las necesidades del conjunto, pasando a segundo plano. ¿Pudiera ser que Barlamont escogiera disparar poco para ahorrar balas - y dinero - y que se entendiera que el problema había sido de celos?
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